Narraciones cortas y artículos de Luis Felipe Narvaez
El trueno de la memoria: Del Valle de Laboyos a la palabra de Zuleta
Era el año 1986. Había llegado de la provincia, desde el Valle de Laboyos, a la Univalle, con el anhelo ferviente de cambiar la historia a través de la palabra. Una tarde, nos encontrábamos en la cafetería de Economía, inmersos en una conversación sobre El lobo estepario de Hesse y otras obras pendientes que aguardaban ser descubiertas. De pronto, una noticia irrumpió como un trueno, quebrando la concordia de la charla: Estanislao Zuleta hablaría en la universidad.
Mis compañeros, movidos por una urgencia eléctrica, salieron presurosos hacia los auditorios de ingeniería para escucharlo. Yo, en cambio, desconocía al personaje. En aquel entonces, prefería dejarme seducir por el encanto del ruido en los pasillos, el verde intenso de los jardines y la robustez de los árboles de mango. Me dejé envolver por el estruendo metálico de las bandejas en las cafeterías del segundo piso, que nos convocaban al almuerzo por tan solo 60 pesos.
Hoy, al descubrir esta imagen, aquel trueno de 1986 regresa a mi memoria. Su eco me trae de vuelta una sentencia que hoy resuena con una vigencia inquietante: «Amamos las cadenas, los amos, las seguridades porque nos evitan la angustia de la razón» (Zuleta, 2005, p. 12).
Referencia Bibliográfica
Zuleta, E. (2005). Elogio de la dificultad y otros ensayos. Fundación Estanislao Zuleta.
___________________________
El sabor de la memoria: Mazamorra y cuentos
Lorenza,
mi tía y hermana de Leona, tenía el don de transformarlo todo en un
banquete. Siempre nos recibía en su cocina con una deliciosa mazamorra
que parecía curar cualquier pena. Era tal el magnetismo de ese espacio
que todas nuestras reuniones familiares —incluidos los funerales—
terminaban gravitando en torno a los cuentos de su hijo Dionisio.
Dionisio era una combinación fascinante: abogado de profesión y cuentacuentos familiar por vocación excepcional. Han pasado ya cerca de cuarenta años desde la última vez que tuve el privilegio de disfrutar de sus narraciones, pero el eco de sus historias sigue intacto.
Todavía me arrancan una sonrisa sus relatos de "Los Panqueis" y, sobre todo, la leyenda del "Sudado de Camarón". Este último era un personaje inolvidable que, según contaba Dionisio, salía de su habitación de modo sigiloso, todo sudoroso y sonrojado. Con apenas una toalla anudada a la cintura, corría desesperado hacia la ducha como si estuviera siendo "capoteado" (o perseguido de cerca) por una bellísima y muy exigente sirena.
__________________________
El profesor que levitaba en Florencia
Caminaba por el centro de Florencia, Caquetá,
abriéndome paso entre el vapor que subía del asfalto y el calor
sofocante que parece detener el tiempo. En esa zona céntrica, donde el
ruido de los motores se mezcla con el pregón de los negocios de ropa y
calzado, un vendedor me llamó con fuerza desde su local:
— ¡Profesor, venga!
Me detuve en seco y me acerqué a él, invadido por el asombro. — ¿Perdone, usted me conoce? —le pregunté—. ¿Por qué me llama «profe»?
El hombre, con la seguridad de quien ha aprendido a leer a la gente tras años de verla pasar frente a su vitrina, me respondió con una sonrisa: — Por su estilo. Se nota a leguas que usted es profesor.
Seguí mi camino, pero ya no sentía el peso del clima ni el agobio de la multitud. Con cada paso que daba, sentía que levitaba. Al final, me queda una certeza que nadie podrá arrebatarme: el orgullo y la dignidad de serlo.
________________________
Florecita y el Hueco
Mi madre, Florecita, a sus ochenta y dos años, estaba sumida en una meditación preocupada.
—¿Qué le pasa? —le pregunté.
—No te inquietes, mijo. Ya te contaré —respondió con una evasiva que me dejó más intrigado.
Al día siguiente, regresó de La Jagua con una alegría contagiosa, optimista y con la voz llena de un entusiasmo inusual.
—Mijo, a mis ochenta y dos años, ya por fin he encontrado "hueco", ¡en otro nivel! —declaró Florecita con una sonrisa de oreja a oreja.
Mi sorpresa fue tan evidente como mi desconcierto.
—¿Cómo así? —acerté a preguntar.
—Ayer visité el cementerio de La Jagua —prosiguió— y le pedí al sepulturero un lugar.
El hombre, al escuchar mi pedido, respondió con una voz que era una mezcla de reverencia y admiración: "¡Qué honor nos hace, matrona! Tener a un noble de su distinción en nuestro humilde camposanto, para que descanse por la eternidad y dirija a nuestros humildes y serviles pobladores que descansan también en nuestro cementerio".
Y de un plumazo, mi madre me hizo cambiar de paradigma: Después de muertos no todas las calaveras son blancas.
______________________
El legado de Adelinda
A
mis nueve años, el Valle del Patía me reveló a Adelinda, mi tía. El
dominio de su familia, una hacienda inmensa que podía alcanzar las mil
hectáreas, era el telón de fondo para su presencia imponente. Mulata de
figura robusta y voz de mando, su sonrisa estruendosa resonaba en la
casona, mientras me servía frijoles carota, casi negros, en un plato
hondo a modo de sopa.
Años después, la reencontré, siempre activa y firme, en Popayán, Sucre y Guachicono. Como una hoja al viento, desafiaba las corrientes del poder patriarcal, marcando su propio destino. En un acto de lucidez, se había liberado de las sombras del pasado y de las cadenas invisibles del disfraz del paternalismo y la condescendencia que ataban su espíritu.
Adelinda deja un mensaje poderoso: las mujeres deben vivir sus sentimientos hasta las últimas consecuencias, deben tener total autonomía sobre su cuerpo; pues, como diría Susan Sontag, «ser libre es ser responsable de uno mismo».
Mi más sentida admiración por Adelinda, mi tía emancipada. Sabía que desafiaba al viento, y este se la llevó, pero su legado perdura en mujeres libres y en las que luchan por ella. Fue la primera feminista de la familia, y su ejemplo, infaltable.
Hoy, a sus 93 años, frágil al viento, ojalá estas letras, cual fina capa de memoria, lleguen a su corazón.
Referencias
Sontag, S. (2007). Al mismo tiempo: Ensayos y conferencias (A. Major, Trad.). Random House Mondadori.
Sontag, S. (2003). Ante el dolor de los demás. Alfaguara.
_________________________
Del profesor al senador, ¿Quién escapa de la emboscada?
Afortunado el senador que tiene un todoterreno blindado y escoltas a su disposición, y que sale de la zona de conflicto ileso en un helicóptero del ejército. ¿Pero cómo escapa el campesino, con su parcela y su hogar, de la lluvia de balas? ¿Cómo hace el comerciante local, que debe pagar una "vacuna" a los grupos armados para poder seguir operando? ¿Y qué de ese niño o joven que no puede subirse a un helicóptero, que tiene la mira puesta en su espalda para ser reclutado?
¿Qué del carro de la vereda, sin blindaje, que es acribillado en medio de una emboscada, y en el que un profesor —Edgar Eduardo Victor, maestro de matemáticas, artista y graduado de la Universidad Surcolombiana (USCO)— es asesinado? ¿Cómo escapa ese joven, reclutado a la fuerza, cuyo único blindaje es su propia piel, un destino que le depara las montañas cuando en pleno siglo XXI debería estar en un salón de clases? ¿Y qué del agente de turismo, que vio cómo le quitaban el carro que pagaba a cuentagotas al banco con lo que ganaba de los pasajeros, y que hoy sigue desaparecido?
Todos
deberíamos salir ilesos. En una sociedad más justa, el imperativo
categórico del Estado —obrar de tal modo que la máxima de la voluntad
pueda valer siempre, al mismo tiempo, como principio de una legislación
universal— debería significar que cada ciudadano colombiano sea tratado
con el mismo peso de las circunstancias. Solo entonces, todos,
absolutamente todos, saldremos ilesos de esta guerra que se niega a
terminar.
_______________________________
La Farsa del Folclore Importado
En
Garzón, el desfile de carrozas sanpedrinas es más que un simple
espectáculo. Es una explosión de color y de mitos, de leyendas que
cobran vida con una belleza incontrolable y una autenticidad palpable.
Es un testimonio de la imaginación popular que florece sin coacción, un
tapiz de creatividad espontánea tejido por las propias manos de la
comunidad. En esencia, la festividad se convierte en un ritual de
cohesión social, un reencuentro colectivo en el espacio público para
reafirmar el sentido de pertenencia.
Contrastemos esta imagen con lo que, con una mueca de disgusto, se ha presenciado en Pitalito. Allí, las decoraciones de las carrozas, importadas de Nariño, no solo ofenden a la inteligencia y a la creatividad de los laboyanos, sino que atropellan su sentido de identidad. Lo que se observa es la anulación del espíritu cultural en aras de la conveniencia del contrato. Es el triunfo de la "cultura de lo fácil", un atajo que evita el esfuerzo disciplinado de los colectivos culturales y comunitarios, sacrificando la cohesión que solo las expresiones genuinas pueden brindar.
Esta tristeza que se cierne sobre el Valle de Laboyos es más que una simple desilusión festiva. Es un síntoma de algo más profundo: la erosión de los lazos que nos definen como pueblo, fracturado en su esencia más íntima: la cultura. Como observó el sociólogo Zygmunt Bauman, la comunidad no es un dado, sino un tejido que se construye y se mantiene. La verdadera cohesión no se compra ni se importa; se forja en los contextos y expresiones culturales que nos son propios.
Parafraseando a Bauman (2003), si la comunidad ha de existir en un mundo de individuos, debe ser una comunidad tejida a partir del compartir y el cuidado mutuo, una comunidad de preocupación y responsabilidad por el derecho de todos a ser humanos y la capacidad de ejercer ese derecho. La festividad, en su forma más pura, es uno de esos hilos que tejen la red. El desfile de Garzón lo demuestra con creces. Lo de Pitalito, en cambio, nos recuerda que una fiesta despojada de su memoria histórica —de los elementos simbólicos compartidos que son la esencia de nuestra identidad cultural— no es más que una fachada hueca. No es un ritual para ser vivido y sentido en el alma colectiva, sino un mero espectáculo para ser consumido.
Referencias BibliográficasBauman, Z. (2003). Comunidad: En busca de seguridad en un mundo hostil. Siglo XXI Editores.
Dussel, E. (1977). Filosofía de la liberación. Editorial Nueva América.
______________________
Una Elegía para Marlon
¡Oh, Marlon, estudiante, mi estudiante USCO! ¡Tú, que te movías por los pasillos de esta universidad, ahora un nombre en el viento! Mi vida, de repente, se ve envuelta en un dolor inagotable que nos espanta y me deja inmóvil. Ante los hechos, mi energía se agota y se precipita en caída libre. No puedo decir más: me siento inútil, incapaz de alumbrar el desasosiego, incapaz de haber hecho algo para que tu vida hubiera sido larga, intensa, bella y plena. La sorpresa de la barbarie te lo arrebató, como a tantos otros que la memoria insiste en olvidar. Nos hemos convertido, día a día, en tristeza, tragedia y olvido, una estrategia para sobrevivir a esta crisis civilizatoria que nos ha despojado de humanidad y de los más mínimos gestos de decencia.
— Luis Felipe Narváez G., Docente USCO
_____________
El Legado de Umberto Mazorra: Un Caballero sin Filtro en el Huila
A Umberto Mazorra nunca lo conocí, solo de oídas. Era de esos personajes cuya reputación los precede, y la suya lo pintaba como un gran penalista de mente sagaz, un mujeriego empedernido y un bebedor legendario. Su chispa residía en sus chistes cortos y procaces, soltados al aire con esa voz nasal y un ritmo pausado, pero siempre elocuente y mordaz. Bastaba compartir un aguardiente con él para que sus ocurrencias arrancaran una carcajada ineludible. Era, como diría Freud, un maestro en el arte de la comicidad, esa que libera la mente y desnuda el alma.
El chico de la "Papaya y higuillos"
Un día, Umberto estaba asomado en el balcón de un cuarto piso en Neiva cuando, en medio de la calle y bajo un sol con un calor sofocante, un chico apareció cantando a voz en cuello, con una voz fuerte y tensa:
— "¡Papaya y higuillos, Papaya y higuillos!", repetía sin parar el vendedor ambulante.
— "Mijo, venga acá", le dijo Umberto.
El chico subió rápido con su pesado cargamento de frutas para hacer la venta. Cuando llegó, el viejo abrió la puerta y, con su habitual sagacidad, le dijo:
— "Mijo, lo llamaba para decirle que no se dice 'papaya y higuillos', sino 'papaya ¡e! higuillos'."
El muchacho se tomó su tiempo y, con la respiración entrecortada y exhausto por las escaleras, respondió:
— "Viejo malparido ¡e! hijueputa"
"La Chapulina"
Como buen laboyano, tenía a su esposa y, además, a otra señora, con quien tuvo un hijo. El viejo llevaba quince días desaparecido, perdido entre el trago y las fiestas de Neiva. "La Chapulina", impaciente porque no recibía la mesada mensual para el muchacho, se enteró por el "correo del chisme laboyano" de que Umberto estaba en Neiva. Sin esperar un minuto más, salió a cazarlo. Lo encontró en la Caseta La Machaca, el lugar que siempre frecuentaba.
— "¡Vine por la plata!", dijo "La Chapulina".
— "¿Por qué no se vino por Garzón, que es más cerquita?", respondió Umberto.
Umberto nos dejó frases célebres, ejemplos de nuestra forma de hablar, solo entendibles para los del territorio huilense. Cuando fue presidente del Concejo Municipal, se le atribuyen perlas como: "¡Si no lo votan ustedes, lo voto yo porque soy el presidente!", o "Vicepresidente, tome la presidencia que salgo a mear".
Nota: Agradecimientos a Paulina, gran amiga de Umberto, quien entre risas y recuerdos nos compartió estas anécdotas de arraigo cultural laboyano. Nos contó que un deseo del viejo era que ella escribiera un libro con la multitud de chistes sacados de las historias de la vida cotidiana de Umberto y su pueblo.
_______________
"Yo pago el pasaje" de Salud: La tribu digital y la tentación totalitaria
Por: Felipe Narváez
Docente Universidad Surcolombiana
Existe un fenómeno desconcertante que recorre la esfera pública digital: un coro unánime que, mediante insinuaciones directas o preguntas retóricas, exige la "expulsión" de la periodista Salud Hernández de Colombia. La ironía latente en este clamor es que proviene, en su inmensa mayoría, de perfiles que se adscriben a una izquierda ideológica, un espectro político que, en teoría, debería ser el primero en defender la universalidad de los derechos sobre el nacionalismo excluyente.
Con el debido respeto al disenso, es imperativo recordar una realidad legal que trasciende las pasiones del momento: Salud Hernández, independientemente de que sus opiniones resulten abrasivas para ciertos intereses, es colombiana. Su doble nacionalidad no es una nota al pie, sino un estatus obtenido de modo legítimo tras décadas de residencia y labor. Como tal, la ampara el Artículo 20 de la Constitución Política de Colombia, que garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento; un eco directo del Artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que define este derecho a la libertad de opinión y de expresión como inalienable, sin ser objeto de molestias a causa de sus opiniones.
Fuera del marco del debate de ideas acecha un orden turbio. Lo que presenciamos no es mera crítica, sino una manifestación aguda de la **cultura de la cancelación**: ese mecanismo contemporáneo donde el disidente no es refutado, sino invisibilizado y suprimido del espacio moral compartido. Como señala el filósofo Byung-Chul Han en *La expulsión de lo distinto*, la sociedad actual, dominada por el enjambre digital, ha perdido la capacidad de soportar la negatividad del "otro". En lugar de dialogar, el sistema busca expulsar todo aquello que no es idéntico a sí mismo.
Esta pulsión de expulsión nos acerca peligrosamente a lo que Hannah Arendt describió en *Los orígenes del totalitarismo*. Arendt advertía que el dominio totalitario no busca solo la sumisión política, sino la destrucción de la espontaneidad humana y la diversidad, imponiendo una única narrativa válida. Al exigir la deportación de una ciudadana por sus opiniones, la tribu digital replica esta lógica autoritaria: el objetivo no es convencer, sino eliminar la presencia del que piensa diferente.
Siguiendo la línea de Noam Chomsky, atacar a la persona por su condición civil en lugar de debatir sus argumentos constituye un facilismo intelectual y una falacia *ad hominem* (atacar al individuo para desviar la atención del argumento). Como sugiere Chomsky en su análisis sobre la estructura del debate público, la estrategia para controlar una sociedad no siempre es silenciarla a la fuerza, sino establecer límites estrictos sobre el espectro de opiniones aceptables.
Exigir la expulsión de Hernández no enriquece la democracia; al contrario, es un síntoma de prejuicios que evaden la confrontación dialéctica real: ese choque constructivo y razonado entre posturas opuestas que es indispensable para alcanzar un consenso sobre objetivos comunes. Lamentablemente, esta es una praxis lejana al ideal, pero existe inversamente vigente en nuestra cotidianidad colombiana un fenómeno al que he denominado: **La Cultura del Atropello**.
Defiendo estos derechos adquiridos con vehemencia porque son extensivos a los míos. Son los mismos derechos civiles, sociales y políticos que protegen a los colombianos en España y en el resto de Europa. Estos convenios de doble nacionalidad no son meros acuerdos de mercado; son pactos de hermandad entre Estados donde los ciudadanos hemos salido reivindicados. Nos otorgan la vasta oportunidad de la ciudadanía europea, un estatus que merece una defensa civil profunda y digna. Sugerir que la ciudadanía de Hernández es revocable a capricho pone en tela de juicio la seguridad jurídica de millones de colombianos en el exterior. Cualquier cuestionamiento a sus acciones debe procesarse a través de la ley, juzgándola como lo que es: una ciudadana colombiana.
Les recuerdo que habitamos —o aspiramos a habitar— una sociedad plural y democráticamente justa.
Ser de izquierda, en su acepción más noble, debería implicar una característica irrenunciable: el respeto radical por la dignidad humana. Esto significa la integralidad de ver al "otro" como un igual, fomentando la inclusión, la igualdad y la solidaridad sin egoísmos ante las diferencias. El enriquecimiento público nace de lo plural como elemento esencial de la civilización, no de la homogeneidad impuesta por lo que pretende una tribu digital, a la que hoy, más que nunca, se debe invitar a leer y pensar.
---
Referencias Bibliográficas
- Arendt, H. (2006). *Los orígenes del totalitarismo*. Alianza Editorial.
- Asamblea Nacional - Constituyente. (1991). *Constitución Política de Colombia*.
- Chomsky, N., & Herman, E. S. (1990). *Los guardianes de la libertad*. (Trad. J. Beltrán). Crítica.
- Han, B.-C. (2017). *La expulsión de lo distinto*. Herder Editorial.
- Naciones Unidas. (1948). *Declaración Universal de Derechos Humanos*. [https://www.un.org/es/about-us/universal-declaration-of-human-rights](https://www.un.org/es/about-us/universal-declaration-of-human-rights)
____________________________
Los últimos guardianes del fuego
Por: Felipe Narváez
Docente Universidad Surcolombiana
En Montenegro, Quindío, existe una intersección urbana, en pleno Parque Central, donde la avanzada edad de sus habitantes converge con la cultura ancestral paisa. Aquí, el café no simplemente se sirve; se forja en monumentales cilindros de acero cromado —esas grecas clásicas que disparan agua hirviendo y silban vapor—, coronados siempre por la estatuilla de un águila imperial. Desde mi mesa, observo cómo los samanes centenarios no solo ofrecen sombra, sino que tejen la vida social de quienes los habitan. Aquí tratan a los árboles como a hermanos; una resistencia vital opuesta a la tala desalmada sufrida en los parques de Bruselas y La Valvanera, en Pitalito, donde el cemento vacío de un arquitecto desfragmentó el espíritu céntrico, dejándolo sin alma. Bebo una aromática y me dejo llevar por el ritmo del lugar.
De repente, mi soledad se ve interrumpida. Se unen a mi mesa esos personajes que la jerga local define acertadamente como "figuras": genuinos, oriundos, repletos de una risa fácil y una sabiduría que solo dan los años. Se llaman Chila, Abelardo, Mario, Omar.
—Tengo la vela lista para prendérsela —le suelta Mario a doña Chila, recordándole con picardía que los cincuenta años se avecinan.
—Somos reliquias —responde Chila, y la frase estalla en una carcajada colectiva que queda suspendida en el aire.
Son únicos. En un momento de orgullo burocrático, Mario extrae su carnet de Secretario de la Junta de Acción Comunal y lo exhibe como un salvoconducto de reconocimiento social. Lo tomo en mis manos y entro en el juego:
—Mario, este carnet tiene la validez de una Tarjeta de Crédito Oro; vaya al súper y haga mercado para la casa con él.
Los presentes sueltan una carcajada y, con ese gesto, me integran como uno más de ellos. Es un pueblo donde la privacidad es un mito y la armonía, una certeza. Hacia el final del mediodía, se acerca el vendedor de empanadas y se cierra el trato con monedas sueltas. A pesar de ser un extraño, sin conocerme, soy incorporado de inmediato a la gran comelona. Se enciende un cigarrillo Piel Roja sin pedir permiso, y el humo denso y sin filtro dibuja espirales en la conversación.
No hay celulares sobre la mesa. Solo el mío, invasivo, rompe la norma —estoy tomando notas—, pero aquí esos aparatos parecen artefactos inverosímiles y temporales. La alteridad se condensa puramente en la palabra hablada y el cruce de miradas. Al verlos, uno comprende que son los últimos homo sapiens que descienden directamente del fuego primigenio de la conversación y el gesto presencial. Practican el chisme como elemento de ficción colaborativa; una comunidad narrativa que se resiste a desaparecer. Si Han (2023) argumenta que la narración crea vínculos y aroma en el tiempo frente a la información digital que nos aísla —dejándonos sin colectivos que nos representen, limitados al consumo y a la etiqueta de marca, con un logo corporativo como referente de identidad y estatus social individual—, aquí extiendo la teoría hacia la espontaneidad y la chispa sostenida; ese storytelling de la frase corta con un elemento chistoso. Esta es mi tesis a modo de hipótesis: ese humor breve y la risa permean la cohesión social con una profundidad que ya intuía Freud (1905) en El chiste y su relación con el inconsciente, donde la economía del lenguaje y la complicidad con el oyente convierten al chiste en el acto social por excelencia. Estamos reunidos como la tribu del fuego, a través de una taza de café, para no volver jamás.
Referencias
- Freud, S. (1905). El chiste y su relación con el inconsciente. Alianza Editorial.
- Han, B.-C. (2023). La crisis de la narración. Herder Editorial.
____________________
Ecos de una Herida Abierta: Necropolítica y la Geografía de la Indiferencia
Este país, desde que tengo memoria, ha sido un escenario trágico, edificado sobre la necropolítica (administrar la muerte y destruir hábitats y pueblos), concepto desarrollado por Achille Mbembe (2011), que se refiere al poder del Estado o de actores armados para decidir quién vive y quién muere, una facultad empleada como herramienta de control social y político. Con todo respeto, jamás salimos de los ochenta; no regresamos a ellos, simplemente nunca nos fuimos. No solo las muertes de candidatos presidenciales y líderes políticos como Luis Carlos Galán Sarmiento, Jaime Pardo Leal o Bernardo Jaramillo Ossa; sino que siempre nos hemos aniquilado sistemáticamente los unos a los otros, en una pugna incansable por el poder, el territorio y las riquezas. Y el uso diferencial e ideológico del qué hacer con estos tres factores. Vivimos una crisis permanente de desacuerdos civilizatorios que se resuelven con la muerte.
El atentado a Miguel Uribe es, sin duda, triste y vergonzante en pleno siglo XXI, máxime al tratarse de un líder del poder hegemónico. Sin embargo, a diferencia de los atentados y las muertes de las decenas de líderes sociales —al menos 71 en lo que va de 2025—, quienes también son políticos, aunque con un rol distinto, estos últimos pasan desapercibidos, reducidos a una mera cifra estadística, un factor más de violación de los “derechos humanos” que, al día siguiente, cae automáticamente en el olvido.
En los últimos ochenta años, desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, hemos perdido la vigencia de todo un sector de pensamientos que divergen y que plantean formas diversas de construir la sociedad de modo alternativo. Esta es una hegemonía violenta que se acentúa desde los ochenta, con la llegada del modelo neoliberal impulsado por el gobierno de César Gaviria (1990-1994), y se naturaliza como inevitable. Al final, la diferencia entre el atentado al candidato de la esfera tradicional y los otros, que son atentados a líderes comunitarios, es que estos últimos son de base, tan humanos como Miguel, pero carecen del eco del poder mediático.
Referencias Bibliográficas
Gaviria Trujillo, C. (1994). La revolución pacífica: Plan económico y social de desarrollo 1990-1994. Departamento Nacional de Planeación.
Indepaz. (2025). Líderes sociales, defensores de DD.HH. y firmantes de acuerdo asesinados en 2025. Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz. https://indepaz.org.co/
Mbembe, A. (2011). Necropolítica. (E. Falomir, Trad.). Melusina. (Original publicado en 2003).
Pizarro Leongómez, E. (2004). Una democracia asediada: Balance y perspectivas del conflicto armado en Colombia. Norma.
Comentarios
Publicar un comentario